En noviembre de 1997, un grupo de investigadores recorría un bosque montañoso del sur de Ecuador cuando escuchó un canto que no lograba reconocer.
Entre la vegetación apareció un ave grande, de largas patas, cuerpo gris, alas pardas y llamativas manchas blancas a ambos lados de la cabeza.
Había algo extraño.
Ninguno de los especialistas sabía exactamente qué especie estaban observando.
Poco después descubrirían la razón: la ciencia tampoco la conocía.
Era el jocotoco (Grallaria ridgelyi), un ave que había permanecido sin ser descrita científicamente hasta finales del siglo XX. Su hallazgo no solo incorporó una nueva especie a los registros científicos: también desencadenó una iniciativa de conservación que terminaría protegiendo bosques y otras especies en diferentes regiones del Ecuador.
Todo había comenzado con un canto desconocido en las montañas del país.
Casi tres décadas después de aquel hallazgo, la historia del jocotoco ha vuelto a despertar interés internacional por el impacto que su descubrimiento tuvo en la conservación de la biodiversidad ecuatoriana y por el modelo de protección desarrollado posteriormente en distintas regiones del país.
Un encuentro inesperado en los Andes del sur
El descubrimiento ocurrió el 20 de noviembre de 1997, durante una expedición destinada a registrar vocalizaciones de aves ecuatorianas.
Robert S. Ridgely recorría la zona junto con John y Ruth Moore, Lelis Navarrete y Mauricio Rivadeneira cuando el grupo encontró un ave cuyas características llamaron inmediatamente su atención.
Al día siguiente regresaron para grabarla y fotografiarla. Posteriores expediciones permitieron obtener ejemplares para su estudio y recopilar información sobre su población y las características del hábitat donde vivía.
La conclusión fue extraordinaria: se trataba de una especie que todavía no había sido descrita formalmente por la ciencia.
En 1999, el hallazgo quedó documentado en la revista científica The Auk. La nueva especie recibió el nombre de Grallaria ridgelyi. La descripción destacaba, entre otras características, su gran tamaño, sus singulares marcas faciales blancas y su particular vocalización.
Pero había una pregunta difícil de ignorar.
¿Cómo pudo un ave así permanecer oculta hasta 1997?
El jocotoco no es precisamente un ave que pase inadvertida por su aspecto.
La descripción científica original señala un peso aproximado de entre 150 y 200 gramos y destaca características muy particulares: una corona negra, llamativas manchas blancas en las mejillas, partes inferiores grisáceas y patas robustas.
Entonces, ¿cómo había conseguido permanecer desconocida para la ciencia durante tanto tiempo?
Parte de la respuesta está en el lugar donde vive.
El jocotoco habita el sotobosque de bosques montanos húmedos, entre vegetación densa y en una franja geográfica extraordinariamente reducida de los Andes del sur.
Precisamente esa distribución limitada llamó la atención de los investigadores. Estudios posteriores han señalado que su área de distribución es excepcionalmente pequeña en comparación con la de otras aves andinas de Ecuador.
El bosque había conseguido mantener oculto durante décadas a uno de sus habitantes más singulares.
El canto que ayudó a darle un nombre
Incluso el nombre con el que hoy conocemos al ave está relacionado con su sonido.
“Jocotoco” está asociado a la interpretación de una de sus vocalizaciones, mientras que su nombre científico cuenta otra parte de la historia.
Grallaria corresponde al género al que pertenece. El nombre ridgelyi reconoce a Robert S. Ridgely, uno de los ornitólogos que participaron en el descubrimiento.
La especie ya tenía un nombre.
Ahora aparecía un problema mucho más urgente: su hábitat era extremadamente reducido.
El descubrimiento que encendió una alarma
Descubrir una nueva especie suele ser motivo de entusiasmo científico.
En este caso también provocó preocupación.
Su distribución restringida hacía al jocotoco especialmente vulnerable a la transformación de los bosques donde vivía.
La respuesta llegó con extraordinaria rapidez.
En octubre de 1998, menos de un año después del descubrimiento, se adquirieron alrededor de 700 hectáreas de bosque alrededor de la localidad donde había sido encontrada la especie. El objetivo era establecer una reserva suficientemente extensa para proteger una población viable del jocotoco.
La descripción científica publicada al año siguiente ya señalaba que aquella reserva pertenecía y era gestionada por la Fundación Jocotoco, una organización sin fines de lucro creada para proteger aves amenazadas mediante la adquisición y manejo de terrenos en Ecuador.
Así comenzó una historia que pronto crecería mucho más allá de aquella primera extensión de bosque.
De proteger un ave a proteger miles de hectáreas
La iniciativa nacida alrededor del jocotoco se extendió progresivamente a otros ecosistemas y especies amenazadas del país.
Actualmente, Fundación Jocotoco protege y gestiona 19 reservas que abarcan alrededor de 50.000 hectáreas en Ecuador. Además, participa en la gestión de otras 82.000 hectáreas de terrenos privados y comunitarios. Su trabajo se extiende por diferentes regiones del país y está orientado a conservar una amplia diversidad de aves, mamíferos, anfibios, reptiles, plantas y otros organismos.
La organización ha continuado ampliando esa red mediante nuevas adquisiciones y proyectos de conservación.
De esta manera, la necesidad inicial de proteger el territorio de una sola ave terminó favoreciendo a muchas otras especies que comparten esos ecosistemas.
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El hallazgo del jocotoco había provocado algo poco habitual: el descubrimiento de una especie se convirtió en el punto de partida de una iniciativa de conservación de una escala mucho mayor.
Tapichalaca, el bosque donde continúa la historia
La Reserva Tapichalaca, en Zamora Chinchipe, protege parte de los bosques montanos del sur del Ecuador donde habita el jocotoco.
Su historia está directamente relacionada con el descubrimiento del ave y con las primeras adquisiciones de terrenos realizadas para conservar su hábitat.
Pero Tapichalaca no está vinculada únicamente a la investigación y conservación.
La reserva también recibe visitantes interesados en el aviturismo y el turismo de naturaleza. Sus bosques ofrecen la posibilidad de conocer el hábitat de numerosas especies andinas y han convertido al lugar en un destino de interés para observadores de aves.
Entre sus protagonistas está precisamente el jocotoco.
La posibilidad de observar una especie cuya existencia científica era desconocida hasta 1997 convierte a estos bosques en un escenario especialmente singular para el aviturismo ecuatoriano.
De esta manera, conservación y turismo de naturaleza se encuentran en un mismo territorio: proteger el bosque permite conservar las especies que lo habitan y, al mismo tiempo, mantener un espacio capaz de atraer a quienes buscan conocer la biodiversidad del Ecuador.
El jocotoco no vive únicamente en Ecuador
Durante sus primeros años de estudio, el jocotoco era conocido únicamente en territorio ecuatoriano.
Sin embargo, posteriormente fue registrado también en el extremo norte de Perú. Por ello, actualmente no resulta correcto describirlo como una especie exclusiva del Ecuador.
Su distribución global, no obstante, continúa siendo extraordinariamente reducida.
En Ecuador existen registros en Tapichalaca y en áreas vecinas, incluido el Parque Nacional Podocarpus. Investigaciones sobre las Grallaria ecuatorianas han destacado precisamente la limitada extensión geográfica del jocotoco y la importancia de las áreas protegidas para su conservación.
Su historia científica, además, permanece profundamente ligada al país: fue descubierto en Ecuador y fue aquí donde comenzó el proceso de conservación asociado a su hallazgo.
El jocotoco sigue amenazado
La existencia de áreas protegidas no significa que el futuro de la especie esté completamente asegurado.
Las evaluaciones de conservación han identificado al jocotoco como una especie amenazada, principalmente por su distribución extremadamente reducida y su dependencia de un hábitat muy específico.
La pérdida y degradación de los bosques constituye por ello una preocupación importante.
En una especie concentrada en un territorio tan pequeño, proteger el ecosistema no significa únicamente conservar árboles. Significa mantener el sotobosque, la vegetación y las condiciones ambientales que permiten que el jocotoco continúe encontrando alimento, refugio y lugares adecuados para reproducirse.
Casi tres décadas después de haber sorprendido a los investigadores, su futuro continúa estrechamente relacionado con la conservación de esos bosques.
Una historia que comenzó con un canto
Todo comenzó con un sonido desconocido entre la vegetación de los Andes del sur.
Aquel canto condujo hasta un ave que la ciencia todavía no había descrito. Después llegaron las investigaciones, la protección de su hábitat y una iniciativa que terminaría beneficiando a muchas otras especies.
El jocotoco pasó así de ser un habitante desconocido para la ciencia a convertirse en uno de los símbolos de la conservación de aves amenazadas en Ecuador.
Su historia muestra también cómo la protección de la biodiversidad puede relacionarse con el aviturismo y el turismo responsable de naturaleza, siempre que la conservación del ecosistema sea el punto de partida.
Casi tres décadas después, el jocotoco continúa habitando esos bosques.
Y su historia deja una pregunta difícil de responder:
¿Cuántas especies podrían permanecer todavía ocultas en los ecosistemas del Ecuador?
