En el corazón del Quito colonial nació una leyenda que ha sobrevivido durante generaciones, entre la historia, el misterio y la astucia de un hombre llamado Cantuña.
Una noche de sombras frente a San Francisco
El frío descendía sobre las montañas que rodeaban Quito. Las últimas voces se apagaban entre las calles empedradas y, a lo lejos, las campanas de las iglesias anunciaban que la noche había llegado.
Era la época colonial. La ciudad crecía entre conventos, viviendas de adobe, construcciones de piedra y estrechos caminos por los que transitaban religiosos, comerciantes, artesanos e indígenas.
Frente al imponente conjunto de San Francisco, una obra permanecía inconclusa.
Allí, entre piedras apiladas y herramientas abandonadas, un hombre contemplaba con angustia el trabajo que todavía faltaba por realizar.
Se llamaba Cantuña.
Según cuenta una de las leyendas más conocidas de Quito, aquel indígena había aceptado el encargo de construir el atrio del templo franciscano. Debía terminarlo dentro de un plazo determinado, pero los días habían pasado y la obra avanzaba lentamente.
El tiempo se agotaba.
Cantuña sabía que no podría cumplir su compromiso. Por más que buscara una solución, ninguna parecía suficiente.
Hasta que, en medio de su desesperación, alguien apareció dispuesto a ofrecerle una salida.
No era un trabajador ni un religioso.
Era el mismísimo diablo.
El visitante que ofreció terminar la obra
Cuenta la tradición que aquella figura surgió ante Cantuña cuando la noche ya había envuelto el lugar.
La misteriosa figura parecía conocer cada una de sus preocupaciones. Sabía del compromiso incumplido, del tiempo que faltaba y de las consecuencias que tanto temía.

Entonces le hizo una propuesta.
Podía terminar toda la construcción antes de que llegara el amanecer.
No necesitaría contratar más trabajadores ni conseguir nuevas herramientas. Sus servidores se encargarían de colocar cada piedra en su sitio y dejar la obra completamente terminada.
Cantuña escuchó con incredulidad.
Aquello que parecía imposible para cualquier ser humano podía resolverse en una sola noche.
Pero ninguna ayuda semejante podía ser gratuita.
El diablo exigió su alma.
Era un precio terrible. A cambio de salvarse de sus dificultades terrenales, el indígena quedaría condenado para toda la eternidad.
La desesperación pudo más que el miedo.
Cantuña aceptó, aunque puso una condición: la obra debía quedar completamente terminada antes del amanecer. No podía faltar ni una sola piedra.
El diablo estuvo de acuerdo.
El pacto quedó sellado.

Y aquella noche, según la leyenda, el atrio de San Francisco se convirtió en escenario de una actividad imposible de explicar.
Los pequeños demonios que trabajaron hasta la madrugada
Apenas establecido el acuerdo, comenzaron a aparecer pequeñas criaturas infernales.
Eran innumerables.
Unas arrastraban pesadas piedras. Otras las levantaban con una fuerza extraordinaria. Algunas corrían de un extremo al otro de la construcción mientras sus compañeras encajaban los bloques con una velocidad sobrehumana.
El silencio de Quito se quebró con el estruendo del trabajo.
Las piedras chocaban entre sí. Las herramientas golpeaban sin descanso. La obra, que durante tanto tiempo había permanecido incompleta, comenzaba a transformarse ante los ojos de Cantuña.

El diablo observaba satisfecho.
Sus servidores trabajaban sin detenerse y cada nuevo bloque colocado parecía confirmar su victoria.
Pero Cantuña no compartía aquella satisfacción.
Mientras la construcción avanzaba, comprendía que estaba cada vez más cerca de perder su alma.
Había conseguido lo que necesitaba, pero el precio comenzaba a parecerle insoportable.
La noche siguió avanzando.
Poco a poco, los espacios vacíos desaparecieron y el atrio adquirió la forma que debía tener.
Los demonios redoblaron sus esfuerzos.
El amanecer se acercaba.
Y entonces, cuando parecía que nada podría impedir el cumplimiento del pacto, Cantuña puso en marcha su última esperanza.
Una sola piedra frente al poder del diablo
Según una de las versiones más difundidas, Cantuña había escondido una piedra bajo su poncho.
No era una roca extraordinaria ni tenía poderes sobrenaturales.
Era simplemente una de las piezas destinadas a completar la construcción.
Pero su ausencia podía cambiarlo todo.

Cuando los demonios terminaron su labor, el diablo se acercó para reclamar aquello que le correspondía.
El atrio parecía concluido.
Cada bloque ocupaba su lugar y la enorme construcción se levantaba frente al templo, como si una cuadrilla de trabajadores hubiera dedicado meses a terminarla.
El diablo estaba convencido de haber ganado.
Cantuña, sin embargo, le recordó la condición del acuerdo.
No debía faltar ninguna piedra.
Y allí, ante la mirada de su adversario, señaló el espacio que permanecía vacío.
La obra no estaba completa.
El diablo había fracasado.

La tradición cuenta que su furia fue inmensa. Había movilizado a sus demonios, trabajado durante toda la noche y estado a punto de conseguir un alma humana.
Pero una sola piedra había bastado para impedirlo.
El pacto quedó sin efecto.
Y cuando las primeras luces del día comenzaron a iluminar Quito, las criaturas infernales desaparecieron.
Cantuña seguía frente al atrio.
Estaba vivo.
Y su alma continuaba siendo suya.
La historia detrás del hombre llamado Cantuña
La leyenda del pacto diabólico ha pasado de generación en generación, pero detrás de este relato existe una historia vinculada al patrimonio de Quito.
El Museo de San Francisco identifica a Francisco Cantuña como un indígena originario de Sangolquí que destacó por su habilidad como herrero en la ciudad durante el siglo XVII.
Fue uno de los benefactores de la antigua capilla de la Virgen de los Dolores, situada en el extremo sur del conjunto conventual franciscano.
Este espacio estuvo relacionado con la Cofradía de la Vera Cruz de los Naturales, una agrupación religiosa de la época colonial.

Cantuña mantuvo una estrecha relación con la capilla, realizó aportaciones y adquirió derechos de asiento y sepultura en su interior. Su vinculación fue tan importante que, con el paso del tiempo, el lugar terminó siendo conocido por su nombre.
La existencia histórica de este benefactor permite comprender cómo una figura real pudo quedar rodeada de relatos extraordinarios.
Sin embargo, no debe confundirse su actividad documentada con la construcción sobrenatural del atrio, que pertenece a la tradición popular.
Las otras versiones de la leyenda de Cantuña
Aunque la historia de la piedra faltante es una de las más conocidas, no todas las versiones cuentan lo mismo.
Algunas narraciones antiguas relacionan a Cantuña con un supuesto tesoro indígena procedente de los tiempos de la conquista española. Según esas historias, su inesperada riqueza despertó sospechas y dio lugar a rumores sobre un pacto con el demonio.
En otra tradición, el acuerdo infernal no estaba relacionado con la construcción del atrio, sino con los recursos y trabajos destinados a la capilla de la Virgen de los Dolores.
Estas variantes muestran cómo la figura de Cantuña fue transformándose dentro de la memoria colectiva.
La historia real de un artesano y benefactor indígena se mezcló con relatos sobre tesoros ocultos, fuerzas sobrenaturales y acuerdos imposibles.
Con el tiempo, la versión del atrio y la piedra ausente adquirió una extraordinaria popularidad, convirtiendo la inteligencia de Cantuña en el elemento decisivo del relato.
El misterio que permanece en San Francisco
Hoy, el conjunto de San Francisco continúa levantándose sobre el Centro Histórico de Quito, como testimonio de una ciudad donde la historia colonial y las tradiciones populares conviven en un mismo espacio.
La capilla de Cantuña conserva el nombre del personaje que contribuyó a su historia, mientras el atrio sigue siendo el escenario imaginado de aquel desafío al diablo.

No existe evidencia histórica que demuestre que una piedra haya sido retirada para impedir un pacto sobrenatural. Esa ausencia pertenece al universo de la leyenda.
Pero tal vez allí reside una parte de su encanto.
Porque la historia de Cantuña no ha sobrevivido únicamente por la presencia del diablo ni por el temor de perder el alma.
Ha perdurado por la astucia de un hombre que, cuando parecía no tener escapatoria, encontró una manera de vencer a un adversario mucho más poderoso.
Y así, entre las piedras de San Francisco, permanece una pregunta que la tradición quiteña lleva siglos repitiendo:
¿Fue realmente una piedra la que salvó el alma de Cantuña?
